whitebeard

Don't curse the darkness, light a candle.

Thursday, October 14, 2004

 

No corre la madrugada en las montañas del sureste mexicano.

 

Como si no tuviera prisa, se regodea en todos y cada uno de los rincones, como amante paciente y dedicada. La niebla le va de la mano, con su largo vestido de nube, y consigue asfixiar la luz más empecinada, le tiende cerco, la rodea de su nívea pared, la encierra en un aro difuso. Desde la mitad del cielo, la luna se bate en retirada. Una voluta de humo se confunde con la neblina, despacio, con la misma lentitud con la que la nube arropa, bajo el amplio vuelo de su nagua, las champas dispersas. Todos duermen. Todos menos la sombra. Todos sueñan. Sobre todo la sombra. Apenas extiende la mano y atrapa una pregunta.

No sólo, también hablo de ésta a la que nosotros llamamos "IV Guerra Mundial", que se libra por el neoliberalismo y contra la humanidad. La que transcurre en todos los frentes y en todas partes, incluyendo las montañas del Sureste Mexicano. Lo mismo en Palestina que en Irak, en Chechenia o en los Balcanes, en Sudán o en Afganistán, con ejércitos más o menos regulares. La que, de la mano de éstas, el fundamentalismo de uno y otro bando lleva a todos los rincones del planeta. La que, asumiendo formas no militares, cobra víctimas en América Latina, en la Europa Social, en Asia, en África, en Oceanía, en el Lejano Oriente, con bombas financieras que hacen volar en pedazos Estados Nacionales enteros y organismos internacionales.
Esta guerra que, según nosotros (insisto: tendencialmente), pretende destruir/despoblar territorios, reconstruir/reordenar las geografías locales, regionales y nacionales, y crear, a sangre y fuego, una nueva cartografía mundial. Ésta que, en el camino, va dejando su firma de identidad: la muerte.
Tal vez la pregunta "¿Cuál es la velocidad del sueño?" debería ser acompañada de la pregunta "¿Cuál es la velocidad de la pesadilla?"
Todavía unas semanas antes de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en España, un periodista-analista político mexicano (de ésos a los que les dan un dulce y se sueltan cantando loas ridículas) alababa la visión "de Estado" de José María Aznar.
El analista decía que, al acompañar a Estados Unidos y a la Gran Bretaña en la guerra contra Irak, Aznar había conseguido un campo promisorio para la expansión de la economía hispana, y que el único costo que tenía que pagar era el repudio de una "pequeña" parte de la población española, "los radicales que nunca faltan, incluso en una sociedad tan boyante como la española", dijo el "analista". Y más, señaló que entonces a los españoles sólo les tocaba esperar sentados a que el negocio de la reconstrucción de Irak se echara a andar, y entonces sí, a recibir carretadas de dinero. En suma, un sueño.
La ideología neoconservadora en Norteamérica tiene un sueño: construir la "disneylandia" neoliberal. En lugar de una "aldea modelo", reflejo de los manuales de contrainsurgencia de los 60´s, se trataba de edificar una "nación modelo". Se eligió entonces el territorio de la antigua Babilonia.
El sueño de la construcción de un "ejemplo" de lo que debe ser el mundo (siempre según los neoliberales), se nutrió de "(…) la más apreciada creencia de los arquitectos ideológicos de la guerra (contra Irak): que la codicia es buena. No buena sólo para ellos y sus amigos sino buena para la humanidad, y ciertamente buena para los iraquíes. La codicia crea ganancias, las cuales crean crecimiento, el cual crea trabajos, productos y servicios, y cualquier otra cosa que alguien pudiera posiblemente necesitar o querer.
El papel de un buen gobierno, entonces, es crear las condiciones óptimas para que las corporaciones prosigan su codicia sin fondo, de modo que, a su turno, puedan satisfacer las necesidades de la sociedad.
El problema es que los gobiernos, aún los gobiernos neoconservadores, raramente tienen la oportunidad de probar lo correcto de su sagrada teoría: a pesar de sus enormes esfuerzos ideológicos, aún los republicanos de George Bush son, en sus propias cabezas, eternamente saboteados por entrometidos demócratas, obstinados sindicatos y alarmados ambientalistas. Irak iba a cambiar todo esto. En un lugar de la tierra, la teoría finalmente sería puesta en práctica en su más perfecta e incomprometida forma.
Un país de 25 millones no sería reconstruido como era antes de la guerra; sería borrado, desaparecido. En su lugar aparecería una deslumbrante sala de exposiciones para las políticas del laissez-faire, una utopía como el mundo jamás había visto. (Bagdad Año Cero. El pillaje de Irak tras una utopía neoconservadora. Naomi Klein, en Harper's Magazine, Septiembre 2004. Traducción: Julio Fernández Baraibar).


En lugar de eso, Irak es un ejemplo sí, pero de lo que le espera al mundo entero si los neoliberales ganan la gran guerra, la IV guerra mundial: desempleo de casi el 70%, la industria y el comercio paralizados, aumento exorbitante de la deuda externa, muros antiexplosiones por todos lados, crecimiento geométrico del fundamentalismo, guerra civil… y exportación del terrorismo a todo el planeta.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Septiembre del 2004, 20 y 10.

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